Es increíble cómo podemos pasar tanto tiempo preparándonos para cierto ministerio y tan poco tiempo haciendo aquello para lo que nos preparamos.
Hace un par de fin de semanas atrás hubo en mi iglesia un congreso y entre los talleres disponibles había uno acerca de la importancia del evangelismo (el sábado por la mañana). Opté por otro taller pensando que seguramente hablarían de lo mismo que hablan en todos los talleres de evangelismo (charla que ya he escuchado demasiadas veces). En el camino a la iglesia esa mañana me encontré con dos señoras de una secta llamada Testigo de Jehova y decidí detenerme a conversar con ellas. En una situación como esa una persona normal piensa "estoy justo en la hora, no me puedo retrasar, es una charla importante en mi iglesia a la que debo asistir"... entonces una voz en el corazón dice sutilmente "¿qué es más importante, prepararte para servirme o servirme?". La persona normal responde "cómo puedo servirte si no estoy preparado".
El resultado de esta discusión interna es un engaño a si mismo para no hacer lo que debe hacer con la excusa típica de un compromiso social aparentemente más importante. La verdad del asunto es que no quiere llegar tarde porque quedará mal frente a la gente. En el mejor de los casos habría un sentimiento genuino de incapacidad para cumplir con la tarea asignada, por lo cual la persona se siente con la necesidad de prepararse mejor antes de entrar en acción. Pero, ¿puede una capacitación, charla o taller preparar a alguien mejor que la experiencia misma de hablarle a alguien de Jesús?
La capacitación es buena y debemos ser responsables, está de más decirlo…
Pero lo que a menudo se nos olvida es que la salvación le pertenece a Dios y es por medio de su poder, del Espíritu Santo, que las personas llegan a conocerle y se convierten. Entonces ¿por qué temo hacer las cosas mal? ¿Qué puede salir mal cuando Dios me está usando? Y si DIOS me quiere usar ¿Quién soy yo para negarle mi disposición y disponibilidad?
Y es que hemos olvidado que compartir de Jesús con otros fortalece nuestra relación con él.
El evangelismo no se trata de mí, ni de la persona que tengo enfrente. Se trata de Jesús, de su gloria y de engrandecerle.